jueves, 16 de abril de 2020

La finca Torresella de El Rebolledo - "La Coronela"


Nunca estaré lo suficientemente agradecido, a aquella amiga de mi madre que despertó en mi el gusto por la lectura (gracias de nuevo Mari Morote!). Me suministraba en pequeñas dosis los libros de “Los cinco” de Enid Blyton, que yo esperaba ansioso y devoraba en pocas tardes. Después, salía a emular sus andanzas a lomos de mi indestructible Torrot, recorriendo los polvorientos caminos de El Rebolledo. Desgraciadamente las aventuras nunca iban más allá de unas costras con Mercromina en las rodillas.

Pasaron algunos años, las bicis de montaña jubilaron a las BMX, y en una de ellas solía salir a bichear armado con mi Canon 400D. Uno de esos días, mis correrías me llevaron por el Camino del Fardatxo; allí, cerca de la finca La Paloma, el camino cruzaba el cauce de una amplia rambla poblada de cañas y altos y delgados pinos. Un oxidado cartel, en el que se leía en grandes letras rojas “TORRESELLA” anunciaba que el lugar había sido reforestado por la Comunidad Europea con mediación del Ministerio de Agricultura. No podía imaginarme que El Rebolledo hubiera  despertado el interés de tan elevadas esferas, así que picado por la curiosidad me adentré en el cauce.
Cartel de la Finca a la entrada del Barranco, junto al Camino del Fardatxo.

Levanté la bici por encima de un cable de acero que dificultaba (no lo suficiente) el acceso al barranco a moteros y domingueros y empecé a adentrarme aguas arriba. Sin saberlo, estaba progresando por el Barranco del Infierno…

 …que nace en la Sierra de las Águilas, en la vecina  partida rural de la Alcoraya. Ahí recoge las aguas de otros pequeños barrancos deudores y siguiendo un tortuoso y veloz camino, atraviesa El Rebolledo, aunque lo hace ya muy abierto y desencajado, convertido en el Hondo del Rebolledo. A la altura de la Finca Lo Reig sale al encuentro de la Fontcalent, a la que bordea por el suroeste, pasa por debajo de la A-31 y atraviesa el Polígono de las Atalayas para acabar desaguando en Aguamarga…

… pero me desvío de mi relato, iba avanzando por el barranco que empezaba a encajonarse, el sustrato cada vez más arenoso y suelto dificultaba el avance, y tuve que bajar de mi montura, cuando estaba a punto de volverme, una voz me llamó la atención desde uno de los márgenes del barranco.

-       ¡Eh! ¡¿No sabe usted que esto es una propiedad privada?!
Me giré sobresaltado hacia la voz, que resultó venir de un hombre, ya entrado en años, que estaba tumbado sobre la hierba y se incorporaba en ese momento. No supe que contestar, porque yo tenía entendido que los cauces de agua eran de dominio público, pero tampoco hizo falta, porque el hombre volvió a inquirirme.
-        Este barranco pertenece a mi finca. ¿Qué andas buscando?
-     Pues… la verdad es que estoy buscando animales, me gustan sobre todo los reptiles… - acerté a decir con sinceridad.
-       Los reptiles, eh? A mí me gustan muchos los lagartos, antes se veían muchos por aquí, ya no se ven tantos – contestó el anciano mucho más relajado.
-        No crea, yo salgo bastante al campo por El Rebolledo, y saco fotos a muchos.
-    ¿Así que tienes fotos de lagartos? Pues si te acuerdas algún día, tráeme alguna, me gustaría tener una, vivo en la casa que hay arriba del barranco.
-       De acuerdo, ¿por quién tengo que preguntar?
-       Me llamo Javier.

Marché pues, con el permiso del propietario, y con un compromiso adquirido. Semanas más tarde, tras una búsqueda entre los archivos y una visita al estudio fotográfico, me dirigía hacia un lugar incierto a saldar mi deuda pictórica.
Atravesé cuesta abajo todo El Rebolledo por el Paseo Mayor, pasé bajo el túnel de la autovía, pero en lugar de girar a la derecha por el camino del Fardacho, lo hice  hacia la izquierda por el camino de servicio. No sabía muy bien adónde iba, pero por las indicaciones de Javier, la casa debía de quedar por ese lado. Recorrí unas decenas de metros por el camino paralelo a la autovía. Junto al camino apareció una puerta enrejada, vieja y desvencijada, estaba sujeta a dos columnas de sillares de piedra tosca, viejos y erosionados, casi invisibles tras dos falsos pimenteros…  nada más, ni vallado ni enrejado, sólo una puerta abierta y un camino entre los campos de olivos.
Tenía dudas de que aquello diese acceso a lo que estaba buscando, pero a pocos metros de la puerta, había un cartel idéntico al que vi el día del barranco: “Torresella”…
Cartel de la Finca, junto al camino de servicio de la A-31.
Acceso principal tras la modificación de la obra de la A-31 Junio 2020.
Así que crucé la puerta y miré al fondo, al final del recto camino parecía entreverse una gran finca entre frondosos árboles. Conforme avanzaba por el camino el arbolado iba abriéndose y un caserón se iba agigantando. A la izquierda un monumental eucalipto destacaba enorme en la arboleda. Llegué a un sólido muro con una modesta puerta de reja, cerrada con cadena y candado. Sobre las dos columnas que flanqueaban la puerta, un rótulo metálico con el nombre “Torresella” (una vez más ese nombre). Coronando toda la estructura, un escudo heráldico rojo y blanco.
Detrás de la reja se veía un imponente caserón con muros almenados y un abandonado jardín que había visto épocas mejores. Ningún timbre.
Bordeé el muro buscando algún acceso de servicio y encontré un coche aparcado junto a una gran puerta verde de dos hojas. Llamé con los nudillos y a voces, y al poco salió un hombre corpulento con acento de Europa del este. Algo contrariado le pregunté:
-       Disculpe, ¿vive aquí un señor llamado Javier?
-       ¿Javier?, sí el marqués, pero ahora no está en Alicante, ¿querías algo?
-       Ehmm… sí dejarle esta foto. – le entregué la foto dentro de un sobre blanco…
-       Vale, se la daré cuando vuelva.
La puerta se cerró de nuevo, me quedé confuso, con la sensación de haber terminado el trabajo, solo a medias. Volví hacia mi bicicleta, ordenando la nueva información... ¿de dónde había salido esa casa-castillo de la que nunca había oído hablar y que era de un … ¡Marqués!
Lo cierto es que nunca más volví a ver a Javier en persona, y nunca supe si realmente llegó a recibir mi foto, pero la historia de la finca Torresella, de la “Coronela”, había entrado en la mi historia vital para quedarse.

Puerta de entrada a la Finca Torresella, 2016.

Finca Torresella, fachada sur y puerta de servicio, 2009.

 
La Finca

Volví algunas veces más, acercándome furtivo a través del barranco, desde este acceso, “La Coronela” ofrecía una aspecto imponente. Sus altas almenas se alzaban indiferentes,  entre los bancales de olivos, sabiendo que sus mejores tiempos habían pasado hacía mucho, pero mostrando aún una orgullosa vejez.
La Coronela vista desde la Sierra Fontcalent, 2017.

La Coronela, desde el acceso por el Barranco del Infierno, 2011.
Al bordear su perímetro por la fachada norte, aparecen primero los desamparados jardines. De este lado la impresionante altura de la construcción quedaba bien patente. La parte noble deja paso a edificios de obra más modesta y funcional, la almazara y otros almacenes. Varias palmeras datileras flanquean el camino, que gira aquí para bordear la edificación, pasamos a la fachada sur donde se pueden ver estructuras que había pasado por alto en mi primera visita, como un precioso aljibe en bóveda y una gran alberca, junto al colosal eucalipto.

La Coronela y jardines, 2011
La Coronela, 2011.

La Coronela, fachada norte, 2011.
La Coronela, extremo oeste, 2016.
Aljibe, 2011.

Alberca de la Torresella, 2016.

Alberca y eucalipto de la Torresella, 2016.
Donde el camino gira, a la altura del aljibe, sale un ramal que discurre hacia el noroeste, paralelo al barranco. Atravesando campos de cítricos durante más de trescientos cincuenta metros se llega a una antigua balsa de riego con anchos muros de mampostería. A pesar del aspecto de abandono que la maleza circundante le da, la balsa continúa en funcionamiento y en un buen estado de conservación.

Balsa, La Coronela al fondo, 2013.

Siguiendo unos doscientos metros más por la acequia que desagua en la balsa, se llega hasta una molineta de las que se usan para bombear agua, en este punto llegamos al borde del barranco, donde un acueducto cruza el cauce en dirección a la Coronela.

Molineta, finca Torresella, 2017.
Acueducto finca Torresella, 2010.
Recapacitando sobre la gran necesidad de agua que tendría  la finca en el pasado, pensé en las estructuras que vi ese día y en las que ya conocía del Barranco del Infierno, un azud y una mina de agua. Todas ellas debían de tener alguna conexión con la Coronela. Una vez más recurrí a mi amigo Amando Tarí (Mandi), cuya familia es oriunda de El Rebolledo y conoce como nadie su entorno geográfico. Me llevó aguas arriba del barranco, a conocer otras estructuras hidráulicas muy interesantes y también relacionadas con la finca. Contacté también con Vicentina Sánchez, cuyos padres y abuelos habían sido mayorales de la Torresella, y donde ella misma había pasado parte de su infancia. Descubrí nuevos e interesantes datos y ambos corroboraron mi sospechas.

El Barranco del Infierno

Mandi me llevó al Barranco, pero no por el acceso de La Torresella, ni tampoco remontando el barranco aguas arriba. En esta ocasión accedimos por un camino que parte torciendo a la izquierda desde el Camino de la Altura. Forma parte de la Vía Pecuaria llamada Vereda del Desierto y Barranco del Infierno. Discurre entre campos de cultivo de la propia finca, arrendados a una empresa agrícola, antes plantada de cítricos y hoy de vid. La empresa ha cerrado el camino con una cadena, algo que no debía haber hecho, ya que las Vías Pecuarias son de dominio público, y además, según reza el inventario de caminos rústicos, se trata de un vía de libre acceso.


Vía Pecuaria Camino del Desierto y Barranco del Infierno, a su paso por la finca Torresella, actual.
Modificado de visor GVA.
A unos 500 metros del inicio del camino hubo una balsa de riego de robusta factura, tan antigua como la anterior y que alimentaba los campos de este margen de la finca. Desgraciadamente, cuando la empresa arrendadora cambió de cultivo decidió eliminarla para arañar unos metros de plantación, como se ve en la foto no parece que ganase demasiado, en cambio ese patrimonio hidráulico se ha perdido para siempre.


Balsa de riego junto a la Vía Pecuaria, hoy desaparecida. Modificado de Visor GVA.
Tras unos 200 metros desde donde estaba la balsa, llegamos al cauce del barranco. Descendemos hasta el lecho por una larga rampa, que nos deja justo a los pies de una pared artificial hecha de sillares y mampostería. El camino aquí parece interrumpirse, porque el barranco se encajona a ambos lados de la pared, pero sólo debemos descender unos metros para poder salir del cauce por el margen opuesto. El camino seguiría por otros 700 metros y nos acabaría conectando con el Camino del Desierto.


Vía Pecuaria en su descenso al lecho del Barranco del Infierno, 2013.
Se ve que la pared ha sido reparada tras alguna avenida importante, ya que los sillares han sido sustituidos por rocas de menor porte por el lado izquierdo (visto aguas abajo). La pared es en realidad un azud en desuso, cuya finalidad era desviar las aguas de las avenidas hacia una ancha boquera que hay a la derecha y que lleva las aguas  hacia los campos de cultivo de la Finca Torresella. La pared ha dejado de hacer su función de desvío del agua, ya que su falta de mantenimiento hace que los sedimentos aportados por el propio barranco hayan ido colmatando la pared. A la entrada de la boquera, aún pueden verse las ranuras practicadas en la roca para insertar las compuertas, éstas se colocarían en caso de que llegase una lluvia inoportuna para devolver el caudal a su cauce natural. Es de suponer que la boquera sería por tanto algo más profunda también.
Azud interrumpiendo el Barrando del Infierno y mina de agua a la izquierda, 2014.
Azud y boquera por donde se desviaban las aguas de avenida, 2013.
Entrada de la boquera con las ranuras para las compuertas, 2017.
Junto al azud, en el margen derecho, existe una mina de agua. Se trata de un túnel abovedado excavado en la roca, que penetra en esta por unos ocho metros, tras los cuales realiza un giro hacia la derecha. Tiene unos tres metros de altura, algo inusual en este tipo de estructuras, y es que parece haber sufrido un rebaje en algún momento, ya que la bóveda original fue rellenada en algún momento y bajo ésta existe otra galería, también abovedada, de menor entidad. 
Bocamina de la mina de agua, 2010.
Interior de la mina, 2014.
Manantial en 1897, foto cedida por la Familia Coig.
Gracias a esta fotografía de finales del XIX, podemos apreciar que la bocamina actual, fue en el pasado un túnel que permitía que las aguas del manantial pasaran bajo la boquera y siguieran su camino hacia el barranco. Después tuvo que hacerse una importante modificación, motivada quizá por una acumulación de sedimentos, que tras alguna importante avenida, pudo colmatar y bloquear la parte posterior de la estructura. Tal vez sea esa la razón de la existencia de un segundo túnel bajo el original, que tras la oclusión volvió a reconectar con el manantial original, pero a mayor profundidad. También puede apreciarse en la foto, que como apuntábamos antes, la boquera era más profunda. 

Las minas de agua o qanats, suelen profundizar varios metros en la ladera de una montaña (a veces hasta centenares de metros) o discurren paralelos al cauce de un barranco o rambla (como sucede en la Finca La Solana de Fontcalent). Cada ciertos metros, el minado dispone de una lumbrera, un pozo vertical de ventilación para facilitar el flujo del agua. En este caso también es así y Mandi me descubrió tres de estas lumbreras que se encuentran aguas arriba de la bocamina.
Primera lumbrera, junto al azud, 2016.
Segunda lumbrera, 2013.

Tercera lumbrera, 2016



Interior de la tercera lumbrera, con conducciones más modernas, 2016
En distintas visitas al lugar, he podido apreciar que el caudal de la mina es muy variable. En alguna ocasión rebasaba la altura de la entrada (más de un metro) y se vertía directamente sobre el lecho del barranco, otras veces tenía una caudal intermedio y en ocasiones estaba totalmente seca.
Bocamina rebosando hacia el barranco, 2018.
Bocamina en 2016.
El caudal sale por una oquedad que hay en la parte baja de la mina y se conduce bajo el barranco a través de una tubería. En otro pequeño salto de nivel que hay unos 100 metros aguas abajo, la conducción pasa al margen izquierdo y mantiene la elevación discurriendo por la ladera rocosa del barranco. Continúa así por unos 200 metros, hasta que vuelve a cruzar el barranco de nuevo al margen derecho, esta vez lo hace por encima de un acueducto de un solo arco y de unos 5 metros de altura. Una vez salvado el barranco, la tubería transcurre enterrada por otros 200 metros, en dirección a la balsa cercana a La Coronela que describíamos antes. La molineta ha quedado atrás, al coronar el margen junto al acueducto.
Interior de la mina, sin caudal,  y salida del agua, 2016.


Acueducto finca Torresella, sobre el Barranco del Infierno, 2016.
Acueducto en 1897, foto cedida por la Familia Coig.

Acueducto sobre el Barranco del Infierno, 2013.
Entre la mina y el acueducto hay un pequeño salto de agua  y una pequeña poza asociada, junto a la cual hay una oquedad natural. Dentro de esta, dos pequeños túneles profundizan unos metros bajo el margen del barranco, ambos tienen un pequeña estructura artificial en forma de murete a un par de metros de la entrada. En ocasiones un pequeño hilo de agua sale de esta estructura y alimenta la poza, pero la mayor parte de veces que la he visitado estaba seca.


Poza y oquedad natural, 2010.
Uno de los dos túneles y murete, 2012.
Junto al acueducto, en el margen izquierdo hay un pozo practicado en la roca. Opuesto a éste, en la parte derecha yacen los restos de otro pozo con caseta para el motor elevador, pero no parece que el agua elevada ahí tuviese un destino claro. No obstante, si nos fijamos en el talud de enfrente, hay una agujero practicado en la pared margosa que prácticamente está cegado, al acercarte, brota del agujero un aire fresco y húmedo. Eso me recordó una conversación con Vicentina, en la que decía que del barranco partían túneles por donde el agua iba hacia la finca, y que su propio padre, al desprenderse el techo, quedó atrapado en uno de estos túneles por más de un día, hasta que pudieron rescatarlo. Si continuamos la hipotética línea que sigue este túnel, veremos que comienza junto al pozo elevador, pasa por debajo del acueducto y mantiene un trazado elevado y paralelo al barranco. Efectivamente, desde el margen opuesto se ven lo huecos que ese túnel ha dejado al irse erosionando las paredes. Para descartar que se trate de una forma geológica caprichosa, entré a uno de ellos y encontré ladrillos que podrían formar parte del canal de conducción antiguo. Parecía que se había desprendido buena parte de paredes y techo, por lo que no estuve mucho tiempo dentro.


Pozo del margen izquierdo en primer término y pozo con caseta tras el acueducto, 2016.

Agujero en la pared margosa junto al pozo con caseta para
 motor elevador de aguas,  2016.

Agujero en la pared margosa junto al pozo con caseta para
 motor elevador de aguas,  2016.
Interior de los túneles, 2016.



Interior de los túneles, 2016.

Panorámica del barranco aguas abajo del acueducto, con los túneles visibles en el margen derecho, 2015.
Otra prueba más del uso de estos canales subterráneos la aportan los propios marqueses en el libro de López y Abad en el que hablan de la presencia de “un silo o mina de agua procedente del barranco contiguo, el barranc de L’Infern, que se filtra hasta los cimientos del domicilio y al que temen descender por la emisión de gases”.

En el pasado pareció existir otro acueducto de mayores que también salvaría el barranco en dirección a la finca. Éste sería de una mayor entidad y estaría ubicado aguas abajo del barranco, a la altura de la casa. Hoy en día apenas son visibles las evidencias de esta construcción, quedando los restos de una de las pilastras en el cauce, aunque tan desgastada que casi no se reconoce, y uno de los canales de piedra, cuyos restos sobresalen tímidamente  en uno de los márgenes.


Restos del canal del antiguo acueducto, con la Torresella al fondo, 2013.

Restos del canal del antiguo acueducto, 2013.
Lo cierto es que con las pocas evidencias actuales, asegurar que estos restos se corresponden con una antigua conducción, puede parecer muy aventurado. Por suerte durante la elaboración de esta entrada llegó a mi una fotografía que confirmaba esta suposición. Mil gracias Concha!
Acueducto grande del Barranco del Infierno, en 1897, foto cedida por la Familia Coig.
Años más tarde, hablando de nuevo con Vicentina, me reveló que otra de las grandes albercas de El Rebolledo, que se ubica aguas abajo de la finca junto al Camino de la Ermita, es también propiedad de La Coronela. Lamentablemente, unos recientes movimientos  de tierra, controvertidos al realizarse en un cauce público, están poniendo en peligro la continuidad de la vetusta estructura.
Balsa en el Hondo del Rebolledo, junto al Camino de la Ermita,
propiedad de la Torresella, con acumulación de escombros en el cauce, 2017.
Sea como fuere, parece claro que una hacienda como la Torresella, requeriría de todos los recursos hídricos disponibles en cada momento de la historia y a veces la lucha por estos podía ser feroz. El BOE del 12 de febrero de 1955, recoge un conflicto entre la propietaria de la finca, por aquel entonces Manuela Díaz-Rubín, y por otro la Hermandad Sindical de Labradores y Ganaderos de Alicante…




Finalmente, el Ministerio de Agricultura, acabaría dando la razón a los ganaderos, catalogando en esas fechas la inmemorial vereda, permitiendo el paso de los ganados por la finca,  tal y como lo haría antaño.

Los Orígenes

Tanto Mandi como Vicentina revelaron aspectos interesantes sobre el pasado reciente del enclave, pero poco pudieron aportar sobre sus más antiguos orígenes. Todo cambió cuando cayó en mis manos un libro sobre las partidas rurales editado por el ayuntamiento de Alicante.
Con el muy acertado nombre de “El sorprendente reino desconocido”, los autores Ismael López Belda y F.J. Abad García, realizaron una increíble investigación sobre los orígenes de las pedanías alicantinas. En este texto encontré parte de la preciada información que necesitaba y pistas por donde continuar investigando. En la red de redes me topé de nuevo con el trabajo incansable de Sergio Gez y su delicioso blog “Rutas y Vericuetos”, que también dedicaba una entrada a “La Coronela”. La investigación me llevó por derroteros insospechados, mirando páginas de heráldica, genealogía y prensa histórica, que excedían con mucho mis pretensiones iniciales. Espero ser capaz de sintetizar toda la información que fui capaz de recabar, la historia lo merece…

Viravens en su “Crónica de la muy ilustre y siempre fiel ciudad de Alicante” de 1876, ya llamaba a la Finca Torresella, “La Coronela” y que era propiedad de Carlos Coig. Pues bien, buceando por la red me topé con un blog propiedad de Juan Coig descendiente de estos primeros moradores de la finca. Él, a su vez me puso en contacto con su sobrina Concha Die, y entre ambos arrojaron luz a este embrollo dinástico.

Primera generación de  propietarios.

El primer propietario de la hacienda del que se tiene constancia es Luis Hurtado, un labrador de Callosa del Segura que en septiembre de 1778 arrienda su finca con casa, balsa y 130 jornales a Claudio Macé Pain, Mariscal de Campo de los Reales Ejércitos de Su Majestad, residente en Alicante.
Aunque en principio, el arriendo es por cuatro años seguros más dos voluntarios, es de suponer que Claudio compra la finca antes de terminar esos plazos, ya que durante los dos años siguientes se dedica a agrandar la hacienda, comprando terrenos colindantes. Adquiere terrenos a Joaquín Ripoll, labrador del Rebolledo cuyas tierras habían sido antes de Jayme Ferrándiz, y también a Antonio Ripoll, labrador del Clot de Rebolledo, cuyas tierras habían sido antes de su padre Sebastián Ripoll.
Entraré ahora en el deslizante terreno de la especulación, pero es de suponer que en 1778, Luis Hurtado, labrador de Callosa, no tuviera un castillo como morada y casa de labor. Y que por tanto, la construcción de la Torresella como se conoce hoy, fue posterior, siendo ya propietario Claudio Macé. Esta tesis parece avalada por López y Abad en su libro sobre las partidas, que aunque no precisan con seguridad cuando se erigió esta hacienda, sí que aseguran que fue levantada por el arquitecto neoclásico madrileño Antonio López Aguado. Este constructor fue discípulo de Villanueva, y autor de obras insignes como la Puerta de Toledo y el proyecto del Palacio Real. Desarrolló su obra entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, falleciendo en 1831, por lo que es de suponer que la casa-castillo, fue construida entre finales del siglo XVIII y  el primer tercio del  XIX.

Segunda generación de propietarios.

Cabría explicar pues, de dónde provenía el poderío económico de los Macé, capaz de hacerse con casi mil tahúllas de terreno y levantar semejante mansión en tan pocos años.
El padre de Claudio, Guillaume Macé Auffray, Señor de la Gravelais, era un comerciante francés que había conseguido la naturalización, tras residir en Cádiz  y desposarse con una gaditana, Manuela Pain. Amasó una gran fortuna fruto de sus negocios en Europa y América, y tenía el favor del Rey Felipe V, al que solía prestarle dinero. En esa época era habitual que los burgueses pudientes, trataran de integrarse en el servicio Real, en busca de ascenso social hacia el estamento nobiliario. La Corona ofrecía puestos en órdenes militares que permitían alcanzar ese honor y nobleza, tapando con dinero orígenes más humildes o incluso turbios, aunque este no era el caso.
Guillermo (Guillaume antes de la naturalización), consiguió para su hijo Claudio un puesto de capitán de infantería en Zamora, en 1744, al mismo tiempo consigue que el Rey conceda la matrícula de “comerciantes a Indias” a sus dos hijos varones Claudio y Nicolás (tenía además dos hijas) y unos meses más tarde, vuelve a regalar otro título militar a Claudio, en este caso coronel de compañía de infantería. Dos años más tarde, refuerza su posición militar casándose con María Luisa Ladrón de Guevara, hija de un teniente general y gobernador de Cádiz, Bartolomé Ladrón de Guevara.
Guillermo y sus dos hijos tienen por tanto una posición de privilegio. Escalando dentro de la nobleza, con grandes recursos económicos y con excelentes relaciones con el Rey, que incluso llegó a pasar un tiempo residiendo en una  casa que los Macé tenían en la Isla de León (hoy San Fernando). No es de extrañar entonces, que el porte y las dimensiones de la mansión que mandara construir Claudio, fueran acorde a sus pretensiones sociales.
Casa de los Macé, en la Isla de León,
foto: Monclova. Colección Carlos PUMAR www.gentedelpuerto.com

Escudo de armas de los Macé en su casa de Isla de León,
fuente: San Fernandoyyo - Blog.
En lo familiar, Claudio y Mª Luisa tuvieron seis hijos: Bartolomé, Guillermo, Nicolás, Mª Luisa, Mª Rosa y Mª Natividad Macé y Ladrón de Guevara. Los tres hijos varones fueron militares, todos sin descendencia. Nicolás llegó a ser Caballero de la Orden de Alcántara. De las tres hijas, María Rosa se casó en Alicante con Leonardo Stuck y tuvieron una hija Luisa Stuck Macé, Mª Natividad se casó con Claudio Coig y Sansón y tuvieron tres hijos, por último, Mª Luisa, que se divorció sin dejar descendencia.

Tercera  y cuarta generación de propietarios.

La Torresella correspondió por herencia a Mª Luisa Macé Ladrón de Guevara, que sin hijos, acabó legándola a su sobrina Luisa Stuck Macé.
Aquí debemos hacer un alto, y volver sobre el matrimonio entre Mª Natividad Macé Ladrón de Guevara y Claudio Coig y Sansón, ya que de esta rama del árbol llegarían los siguientes propietarios de la Torresella.
Mª Natividad, cuyo origen ya conocemos, se había casado con Claudio María Coig y Sansón, también gaditano de origen francés. Nacido el 16 de Noviembre de 1761, tuvo una intensa e interesantísima carrera militar. Sentó plaza de guardamarina en 1781 a los 19 años, ya enrolado como alférez de fragata, participó en el bloqueo de Gibraltar, tomando varios mercantes ingleses a bordo de la fragata Lucía.
El 21 de Septiembre de 1789 asciende a teniente de fragata y en 1791 contrae matrimonio en el Puerto de Santa María. Al año siguiente, 1792, nace su primer hijo Claudio María Coig Macé en el Puerto de Santa María, en 1806 nace su segundo hijo Luis María Coig Macé y un tercero, Juan Pedro, que murió en 1810.
Poco después del nacimiento de su primer hijo, Claudio Coig y Sansón es ascendido a teniente de navío, años más tarde será reclamado para mandar la primera batería del Santísima Trinidad, el Escorial del mar, único con cuatro cubiertas. Tras varios días de combate en la Batalla de Trafalgar, los ingleses consiguen desarbolar el navío y el Santísima Trinidad se rinde, para hundirse poco después. Antes de eso, Claudio es hecho prisionero y conducido a Gibraltar, donde gracias a su alta graduación es canjeado rápidamente. Después de aquel episodio, participa en la Guerra de la Independencia, siendo nombrado Mayor General de Marina en 1812. Ese mismo año otorga el poder para testar a su esposa. Al finalizar la guerra ascendió a capitán de navío, en 1814, después a brigadier en 1815 y poco después teniente de rey de la plaza de Valencia. Claudio, debió morir en 1830.
Santísima Trinidad. Wikimedia
Su primogénito Claudio María Coig Macé, fue también militar en varias contiendas. Se casó con Mª del Rosario Keyser con la que tuvo cuatro hijos. Largamente condecorado estuvo exiliado en Francia y volvió al servicio para ser ascendido a brigadier en 1852.
El segundo hijo Luis María Coig Macé, 14 años menor que su hermano, también continuó con la tradición militar de la familia, ingresando en la Guardia Real. En 1831 ascendió a capitán de caballería. Ese mismo año, y previo consentimiento de su hermano mayor Claudio, y del propio Fernando VII, contrajo matrimonio con Beatriz O’Donnell Joris, también de familia con tradición miliar, no en vano era la hermana de Leopolodo O’Donnell Joris, Duque de Tetuán y capitán general isabelino. Murió ahogado en el paso del río Cinca en el 1837 dejando viuda y dos hijos, Carlos y Juan Coig O’Donnell.

Quinta generación de propietarios.

Luisa Stuck Macé, que había heredado la Finca Torresella de su tía Mª Luisa, muere en 1848 sin descendencia y reparte su fortuna entre sus sobrinos segundos, los Coig-Keyser y los Coig-O’Donnell, legando a éstos últimos la casa-castillo de El Rebolledo.
El primogénito Carlos Coig O’Donnell, nació en Madrid en 1832, desoyendo los deseos de su madre, optó  también por la carrera militar. Se alineó junto con su tío Leopoldo O’Donnell Jorís en el bando isabelino,  en contra de su otro tío, Claudio María Coig Macé, carlista. Su vinculación con Alicante queda patente, porque además de sus estancias en La Torresella, contrajo matrimonio con María Monserrate Rebagliato y Sorzano, que había nacido en Orihuela en 1844. Probablemente el sobrenombre de la hacienda, “La Coronela” proceda de esta época, ya que durante una parte de su carrera militar, Carlos fue coronel de caballería. Tras 46 años de carrera militar, en la que llegó a ser general de brigada (1889), murió con honores en Madrid en 1895. El matrimonio tuvo 8 hijos.  
Carlos Coig O'Donnell, de joven oficial (izquierda) y
de teniente en Alcalá de Henares (derecha).
Fuente: Blog Familia Coig.
Carlos Coig O'Donnell de general (izquieda) y 
de teniente coronel 1868 - 1876 (derecha).
Fuente: Blog Familia Coig.
Carlos Coig O'Donnell de General
mandando su brigada Paseo de la Castellana. Madrid.
Fuente: Blog Familia Coig.
Familia de Carlos Coig-O'Donnell 1880.
Fuente: Blog Familia Coig.
El otro huérfano, Juan Coig O’Donnell, nació en San Pedro de Trueba en 1836, a diferencia de su hermano y muchos de sus antepasados, no hace carrera militar, siendo cónsul de España en Bayona, viviendo a caballo entre Alicante y Francia. Se dice que cuando  su hermano caía en desgracia (por su alineación política), Juan lo acogía en su casa de Bayona. Su primera hija, María Leonisa, nació en Bayona en 1864, pero la segunda lo hizo ya en Alicante, en 1866. De los otros dos, Juan y Claudio apenas se tienen datos.
Indagando en el archivo municipal de Alicante aparecen pruebas de su paso por La Coronela, puede consultarse un oficio de Juan Coig O’Donnell por usurpación de aguas que quiere hacer un súbdito francés en el Rebolledo en 1860 (siempre a vueltas con las aguas…).