sábado, 24 de febrero de 2024

Cueva de La Madama (Rosillo-Escolano) - Fontcalent

La Madama fue un bello farallón rocoso en el sector suroeste de la Sierra Fontcalent (Alicante). Muy visible desde El Rebolledo, se levantaba desde las faldas buscando la cresta hasta casi alcanzarla. Desgraciadamente, hablo en pasado porque La Madama ya apenas existe. En su lugar, un inmenso vacío deja ver la roca desnuda, blanquecina, en contraste con el gris natural.

Fontcalent desde El Rebolledo, antes de la cantera.
Se intuye La Madama a la derecha.
1960 aprox. Cedida por Vicentina, de El Rebolledo.
Y es que La Madama fue víctima de una cantera que la desfiguró por completo y prácticamente la hizo desaparecer. En los años 60 se comenzaron a extraer los áridos que servirían como base para las pistas de aterrizaje del Aeropuerto de El Altet, que se inauguraría en 1967. Las dolomías de Fontcalent resultaban rocas resistentes para la base de las pistas y su proximidad a El Altet abarataba los costes de traslado. Una vez finalizadas las obras, la cantera fue abandonada sin ningún tipo de plan de resaturación ecológica y desde entonces sus cicatrices languidecen como testigos de un pasado atroz.
Explosión de un barreno desde el Estanco de El Rebolledo.
1964-65. Cedida por Manuel Benito.
Cantera de la Madama en al actualidad.

Subiendo a la cima por el escarpe de la cresta, una vez superados los restos de La Madama, en la antesala de la cumbre  aparece una pared vertical que se desploma unos 25 metros hasta una empinada repisa. En dicha pared,  descolgado unos ocho metros, hay un agujero muy visible desde la base. Desde la coronación, hay un ligero extraplomado que lo hacen inaccesible, y desde la base deben subirse unos quince metros con técnicas de escalada. Por lo tanto el agujero está fuera del alcance del excursionista medio.

Cantera de la Madama en la actualidad y Cueva (más arriba, circulada).
Cueva

Aunque obviamente el agujero siempre estuvo ahí, fue Jaime Carbonell quien me lo descubrió hace varios años. Él tenía la sospecha que podía profundizar en las entrañas de la montaña y dar lugar a una cavidad de cierta entidad. Lo cierto es que desde los puntos de la falda en los que era visible, se veía un fondo oscuro que impedía vislumbrar la hondura del abrigo.

Esa incertidumbre era suficiente para mi...  miraba la oquedad desde la distancia y me decía que algún día conseguiría acceder a ella. Pero ese día no llegaba, no sé escalar y veía el lugar como el zorro al cuervo, totalmente inalcanzable.

Hasta que el 1 de octubre llegó la 12ª Volta a Peu a la Sierra Fontcalent. Ahí conocí a Jaime Escolano, profesor de ciclos formativos, escalador experimentado y propietario de una empresa de multiaventura (TerrenodeAventura.com). Enseguida le hablé de mi viejo proyecto que adoptó con entusiasmo y buscamos un hueco para acometer la exploración.

Así las cosas, el 12 de diciembre de 2023 al terminar nuestros trabajos, nos citamos en la falda el extremo suroeste de la Fontcalent. Tras un reparto de material comenzamos el ascenso. Subir por este sector no es nada fácil y hay que conocer bien el terreno, ya que la verticalidad hace que pierdas perspectiva y puedes acabar en callejones sin salida, como paredes verticales o los propios frentes de cantera.

Tras unas cuantas zetas y alguna pequeña trepa, nos encaramamos a la cuerda de la cresta que ya no dejamos hasta iniciar el rapel. Dejamos atrás la maltrecha Madama, que desde arriba luce peor si cabe, se aprecia como nace perpendicular a la pared rocosa para desaparecer pronto bajo picos y barrenos.

Una vez ascendidos unas tres cuartas partes de la montaña, llegamos al punto de reunión. Para elegir bien el lugar de anclaje a la roca, contamos con la ayuda de Miguel Ibáñez (amigo y vecino de El Rebolledo), que desde las faldas nos sirve de campo base y nos sitúa exactamente sobre la cueva.

Preparando el punto de reunión sobre la cueva.

Jaime saca el material de escalada y, sobre un saliente rocoso que parece el más adecuado, monta una reunión en V. Después prepara la cuerda por la que bajaremos y me explica cómo realizar el descenso. Yo había hecho rápel antes, pero en descenso de barrancos, nunca en seco ni con tanto desnivel. Después de esas nociones (que a mi me dejan con más dudas que certezas...), Jaime me asegura con otra cuerda que ancla a unas rocas y que maneja él, y comienzo a bajar. 


El peor momento es aquel en el que tu cuerpo pierde la vertical y, confiando en la cuerda, te dejas caer hacia el precipicio. Además en los primeros metros hay un voladizo que hace que no veas el resto de la pared. Avanzo despacio pero con seguridad y rápidamente voy cogiendo confianza en el rápel. Supero el extraplomo y pronto estoy junto a la cueva, ahora hay que lidiar con otra eventualidad, y es que el propio agujero puede hacer que pierdas apoyo y te balancees como un péndulo. Por suerte consigo evolucionar bien y enseguida estoy de pie sobre el lecho de la oquedad. Me desligo de la cuerda principal y de la de seguridad y aviso a Jaime para que incie él su descenso. Mientras, me giro hacia la pared del fondo fascinado por estar por fin dentro de esa cueva inalcanzable. 



La primera impresión es de decepción, tras comprobar que la cueva en realidad no profundiza mucho, apenas unos cuatro metros hasta la pared del fondo. Es por el contrario bastante alta y puedo pasear mi 1,94 sin riesgo de descalabro. Desde el interior, la entrada se ve ovalada, del lado este es de techos más altos, y van bajando hacia el oeste. El suelo está tapizado de un sedimento muy fino, como polvos de talco que se hunde varios milímetros a cada paso. En la parte oeste, junto al suelo  hay una pequeña oquedad que da a otro habitáculo contiguo, pero el agujero es tan pequeño que solo puedo meter la cámara y la linterna. En el pasado, con menos sedimentos, el acceso a esta dependencia tuvo que ser posible, dentro se ven algunas pequeñas estalactitas.


Habitáculo contiguo

Enseguida llega Jaime e iniciamos un reconocimiento conjunto, es él quien advierte que en la pared del fondo hay un pequeño desprendimiento por el que se filtra la luz. Y es que la cueva tiene una pequeña chimenea por donde han caido cascotes y puede verse el cielo unos metros arriba. Sin duda esta oquedad es la responsable del gran espesor de sedimentos. 




Chimenea


Mi compañero de aventura me recuerda que según la ley de la montaña, los primeros exploradores de un cueva o gruta tienen el derecho de nombrarla. Él propone Cueva Rosillo-Escolano, por nuestros apellidos y el orden de llegada, y aunque me siento honrado, creo que Cueva de la Madama (en honor al desaparecido farallón) resulta más sugerente.

Continuamos la prospección y encontramos alguna formación curiosa, como una pequeña bandera y una gruesa estalagtita. Vemos también algún conjunto de huesos, problablemente provinientes de alguna egagrópila del Gran Duque o de la actividad de las Perdiceras. Mientras tanto va cayendo la tarde, las sombras han ido alargando allá abajo y la oscuridad gana terreno. La luz de los frontales juguetea por las paredes iluminando la estancia, damos por terminada la exploración y nos volvemos a sujetar para el descenso. Antes de bajar reparamos en unas curiosas marcas que hay en la pared este, junto a la entrada, las fotografiamos por si tuvieran su interés y comenzamos el descenso. 

Estalactita y bandera

Estalactita

Restos óseos



"Marcas" sobre la pared

Este segundo tramo se acomete con mucha más confianza, en parte por la experiencia del primero, pero también porque no hay extraplomos y se ve todo el recorrido hasta la repisa. Bajo los 15 metros, me libero de las cuerdas y sigo con atención el descenso de mi compañero, que realiza de forma rápida y elegante (entiendo por qué seduce tanto este deporte...). Una vez en la repisa la noche se nos ha echado encima, Miguel, nuestro apoyo en la base, hace rato que se fue a casa, debemos descender con luz artificial. 



Tratamos de descolgar las cuerdas desde la repisa, pero el agarre de las dolomías impide que las cuerdas deslicen y decimos recuperarlas desde arriba. Para volver al punto inicial, debemos subir un buen tramo hacia la cumbre remontando la repisa, hasta llegar a un pequeño collado al que nos encaramamos para retornar a la cresta inicial. 

Descendemos unas decenas de metros por la cresta hasta llegar al lugar de inicio. Jaime recoge y guarda las cuerdas y desmonta la reunión.  Con los frontales, nuestro campo de visión se reduce a unos pocos metros y el no poder ver con la suficiente perspectiva me hace dudar en algún punto. Sin duda, el descenso nocturno es otra cosa. Por suerto conozo bien la ruta y la bajada resulta rápida y segura.

En pocos minutos estamos de vuelta en la base, guardando el equipo de escalada en los vehículos. Agradeciéndonos mutuamente, Jaime a mí por haber propuesto esta aventura y yo a él porque sin sus maestría y conocimientos no habría sido posible. Los dos nos quedamos con ganas de más y nos emplazamos para otra locura futura.

Fin

Gracias  de nuevo a Jaime Escolano!!, por hacer posible esta ocurrencia y a Miguel Ibáñez, por ser nuestros ojos desde tierra. Fotos: Jaime Escolano, Miguel Ibáñez y Emilio Rosillo.

Dedicado a Jaime Carbonell, por transmitirme su amor por la Fontcalent y por inspirarme para seguir descubriendo sus secretos.




lunes, 5 de diciembre de 2022

La Finca "Els Racons" de Fontcalent

El olvido es el lugar adonde va lo que ya nadie recuerda. Un camino que ya hace tiempo empezó a recorrer la desaparecida finca de Els Racons. Afortunadamente algunos ecos del pasado aún resuenan por entre las paredes rocosas de la Fontcalent, y evocan lo que fue esta finca. 

Uno de estos ecos llegó paseando por el piedemonte de dicha Sierra. En mitad de los espartales del flanco sudeste, Miguel Ibáñez, amigo de El Rebolledo, me contó que todos esos baldíos, fueron en los años 60, tomateras de la empresa ETASA. Allí trabajaron muchas familias de jornaleros, que habían inmigrado al levante desde diversas zonas de España (ellos desde Murcia).

- Recuerdo que al principio aún no tenía edad para trabajar recogiendo el tomate... y me encargaba de dar agua a los jornaleros con el botijo. Cuando tenía que rellenar el botijo, me acercaba hasta la casa de Els Racons, una finca que aunque ya estaba abandonada entonces (sobre 1964), aún mantenía en buen estado un aljibe enorme con mucha agua. No se me olvida que una de las veces que fui a recargar, había un gran lagarto ahogado, panza arriba, -  me decía.

- ¿Y por donde está esa finca? - le interrogué. No recordaba que hubiese una finca por esa zona de la Sierra.

- Por allí - dijo señalando hacia una zona donde varios camiones y una excavadora removían el terreno. Había también montículos y acopios de diferentes materiales, pero ni rastro de una finca histórica...

Demasiado para una mente inquieta como la mía, me propuse averiguar todo lo que pudiera sobre esa finca y sus orígenes y en estas estamos... 

ELS RACONS actualmente

Ubicación de la Casa del Racons en la Sierra Fontcalent, fuente: Visor GVA.

A pesar de su abandono pretérito, el topónimo aún persiste y puede adivinarse donde estuvo ubicada la finca. Hoy, como vimos sobre el terreno, la maquinaria ha demolido lo poco que quedaba "dels Racons". 

Al parecer la antigua finca había sido comprada por Savall Construcciones. S.A., una empresa con sede en el cercano polígono del Pla de la Vallonga, que entre otras muchas cosas se dedica a la demolición, movimiento y transporte de áridos, recogida de escombros y su reciclado. Parece ser que la actividad que se realiza en la ladera de Fontcalent es la del reciclado de escombros. Este tipo de empresas suele instalarse, próximos a las ciudades para abaratar costes, pero en núcleos deshabitados, donde su actividad y trasiego de camiones resulte menos molesto a la gente.

Extremo sureste de la Sierra Fontcalent. Detrás de los terrenos de la cárcel pueden verse
los movimientos de tierra de Savall, donde en el pasado se ubicó "Els Racons", 2010.

No sé con certeza cuándo adquirió Savall la finca de Els Racons, pero según el histórico de Google Earth, los movimientos de tierra comenzaron hacia 2002. 

Finca Els Racons en Abril de 2002, fuente Google Earth.

Como se ve en la imagen los trabajos apenas habían comenzado en estas fechas, y las ruinas de los dos edificios de la finca aún estaban en pie.

Finca Els Racons, Septiembre 2003, fuente Google Earth.

En Septiembre de 2003, pasado un año y medio, el avance de la explotación era evidente. Además se había demolido ya el edificio sur y el situado al norte se veía amenazado por la apertura de un nuevo camino de ingreso a la factoría.


Finca Els Racons, marzo 2007, fuente Google Earth.

Finca Els Racons, enero 2022, fuente Google Earth.

La siguiente foto disponible es la de 2007, y en ésta, el edificio norte también ha desaparecido ya. La explotación ha avanzado ostensiblemente. En la actualidad, 2022, la planta parece haberse estabilizado espacialmente, tras haber crecido hacia el barranco sur. Lamentablemente, su actividad propició la desaparición de los últimos vestigios "dels Racons".

ELS RACONS en el pasado.

Las primeras imágenes localizadas de Els Racons corresponden a fotos aéreas del vuelo de Ruiz de Alda, de 1930. En ella puede verse aún una finca en producción con sus olivos a pleno rendimiento. Los edificios están en pie y con buen estado de conservación.


Indagando en el archivo fotográfico de Perfecto Arjones, encontré unas imágenes de las partidas rurales de Alicante realizadas en 1981. La suerte quiso que entre sus magníficas instantáneas, testimonio de otros tiempos, hubiese algunas fotos de Els Racons. En ellas puede verse como en esos años, la finca estaba ya en estado de ruina, habiendo perdido los tejados y mostrando algunas paredes hundidas. Sin embargo, sirve para confirmar que se trataba de una hacienda con buenas hechuras, con vivienda a dos alturas y corrales anexos. Un segundo edificio a pocos metros del principal, y dispuesto perpendicular al primero, problablemente albergara la almazara, y lagar. Alrededor de la finca aún perduran algunos de los olivos, hoy centenarios, que explotaba la heredad.

Els Racons en 1981 con la Sierra Fontcalent detrás. Perfecto Arjones.
Cedida por la "AVV Amigos de Fontcalent" de El Rebolledo.

Els Racons en 1981 con la Sierra Fontcalent detrás. Perfecto Arjones.
Cedida por la "AVV Amigos de Fontcalent" de El Rebolledo.

Els Racons en 1981 con la Sierra Fontcalent detrás. Perfecto Arjones.
Cedida por la "AVV Amigos de Fontcalent" de El Rebolledo.

Els Racons en 1981 con la Sierra Fontcalent detrás. Perfecto Arjones.
Cedida por la "AVV Amigos de Fontcalent" de El Rebolledo.

Fernando Huesca, vecino de El Rebolledo, que vivió algunos años en la vecina finca de "La Solana" contaba en 2017 algunos recuerdos fugaces sobre "Els Racons".

En el siempre interesante blog "Rutas y Vericuetos", su autor Sergio Gez recopila la siguiente información sobre el pasado de la heredad:

En la vertiente sureste de la sierra se encontraba la Finca Els Racóns en el paraje del Rincón de los Santos. A mediados del siglo XVIII la finca era de Jose Santo y paso posteriormente a manos de Juan Bouligny ante el impago de una deuda. Santo vendió a Bouligny su hipotecada hacienda de Fuencaliente el día de Nochebuena de 1743 denominada Els Racons "de 78 jornales y medio de secano, con algunos árboles, casa algo derruida, corral de ganado y demas anexos, cargada con dos censos decapital de 120 y 40 libras por precio del saldo pendiente; es decir, por 561libras y 5 sueldos". Unos días mas tarde Bouligny vendería de nuevo la finca al mencionado Jose Santo por 1.075 libras en que fue justipreciada. 

A finales del siglo XIX, José Carlos Aguilera compra la Hacienda denominada "Rincón de Santos" o "Els Racons" a su propietario Tomás Colubi de una extensión de371 tahúllas, plantada de viña y era de pan trillar por un precio de 16.250 pesetas.

Otros propietarios posteriores fueron Tomas Colubi y Pellie, Miguel Pastor Antón y su hija Dometila Pastor.

La propia Dometila Pastor Tortosa nos cuenta su experiencia en Els Racons, gracias al valioso documento, que en el pregón de 2012 de las Fiestas de Fontcalent, nos regalaron Adrián, David y Pedro de "Lo Castelló". 

Vidas sencillas, adaptadas al secarral alicantino de almazara y aljibe. Estamos a una generación de esas raíces que ahora nos parecen tan profundas. Valga esta pequeña muestra de arqueología de los recuerdos, para que la memoria perdure aún por entre "los rincones".

Emilio Rosillo Parra


Agradecimientos:

- Fernando Huesca, in memoriam, 1927-2019.
- Pregón de Fiestas de la Partida Fontcalent, 2012.
- Perfecto Arjones, por dejar constancia.
- Sergio Gez, por su imprescindible blog "Rutas y Vericuetos".
- AVV "Amigos de Fontcalent de El Rebolledo", por la cesión de las fotos de P. Arjones.
- Miguel Ibañez, por seguirme a todas.










sábado, 29 de octubre de 2022

Pirineos 2022 - Ordesa, Faja de las Flores.

En 2012, tras hollar el Posets, dijimos que volveríamos a Pirineos, pero no nos imaginábamos que iban a pasar 10 años...! Las responsabilidades familiares y otros compromisos fueron retrasando esta cita, pero finalmente y de forma un tanto inesperada, al fin saldamos nuestra deuda en el puente de Todos los Santos de 2022!...

Como siempre dejé en manos de Juan la organización la ruta. Eso siempre significa que el viaje tendrá unas altas dosis de improvisación, algo en lo que ambos nos movemos con soltura y que permite que el viaje te sorprenda.... pero quizá no tanto como en esta ocasión.

Los dos habíamos dicho en varias ocasiones que queríamos probar La Faja de la Flores, aunque yo no sabía muy bien lo que implicaba. Cuando me pasó un enlace a un video de la ruta me pareció algo bastante más arriesgado de lo que habíamos hecho hasta ese momento en Pirineos (y mira que hicimos bastantes locuras...). La verdad es que aunque no dije nada, dejaba una puerta abierta a la retirada deshonrosa de última hora.... y así llegó el día de partida.

Salimos sobre las 4 de la tarde a las 10 de la noche ya estábamos en Torla, la autovía Mudéjar ha puesto los Pirineos a tiro de Piedra de media España. Decidimos dejar la Faja para el domingo y el sábado, para estirar las piernas, nos dimos una vuelta por el siempre encantador Valle de Bujaruelo.

Bujaruelo

Salimos de Torla hacia el Norte, y tras cruzar el Puente de los Navarros nos adentramos en este precioso Valle que tantos recuerdos nos traía. Aparcamos en San Nicolás de Bujaruelo y una vez atravesado el puente románico, remontamos el Ara sin rumbo fijo.

Puente románico de Bujaruelo

A finales de octubre el otoño es muy patente en Bujaruelo y el dosel de caducifolias luce espectacular, con todos los tonos posibles entre el rojo y el amarillo.


En uno de los cruces del camino, decimos torcer hacia el Valle de Ordiso. Para ello, abandonamos el camino que cruza el Ara por el puente de Oncins  y continúa hasta el Valle de Otal.  A cambio, nos adentrarnos por el bosquete que sube paralelo al Ara,  y que a partir de aquí se va encajonando bastantes metros por debajo. Después de un prolongado repecho (se notan los años y los meses de inactividad…) llegamos a al Salto del Pich, una bonita cascada que cruza el camino. 

Salto del Pich
Continuamos remontando el Ara, alternando claros y tramos de bosque, el lecho de hojas mojadas hace el camino muy agradable. De repente se mueve aire y empiezan a caer nuevas hojas sobre nosotros, acostumbrados al desierto levantino, el espectáculo es maravilloso.

De repente el camino desciende, pasamos por el refugio de pastores del Vado, en la confluencia del Río Ordiso con el Ara, un poco más adelante, el pequeño puente de Ordiso da acceso a dicho valle que sale al oeste.

Puente de Ordiso

Nosotros, fieles al Ara, seguimos al Norte, buscando los pies del Vignemale que ya empieza a asomar con su coronilla nevada. Continuamos un par de kilómetros más hasta el Puente de Abé, ahí la tarde comienza a echársenos encima y decidimos regresar. No sin antes planificar, para otra ocasión, una ruta circular de acometida al Vignemale y bla, bla, bla…

Valle de Bujaruelo, junto al Río Ara y el Vignemale al fondo.

Retornamos por el mismo camino, pero esta vez cruzamos el puente de Oncins, para regresar a Bujaruelo por el margen contrario del Ara. Nos detenemos a descansar en el puente y nos lamentamos de no estar en Agosto para darnos un remojón en sus cristalinas aguas turquesa.

Río Ara desde el Puente de Oncins

Río Ara desde el Puente de Oncins

Cerca de San Nicolás nos encontramos con el autóctono tritón pirenaico (Calotriton asper) y un par de larvas. Al anochecer llegamos a Torla, más cansados de lo previsto pero con la retina (más que la tarjeta) llena de bellas imágenes.

Tritón pirenaico Calotriton asper

Río Ara, Valle de Bujaruelo

Faja de las Flores

A las siete salía el primer autobús desde Torla hacia la Pradera de Ordesa, a pesar de llegar con 20 minutos de antelación, nos tocó hacer cola para los tickets y coger el segundo autobús. Durante los puentes, Ordesa se masifica y pierde mucho de su encanto. En media hora estábamos en la pradera, al pasar frente a la cafetería comprobamos sorprendidos que a esas hora ya estaba llena... normal, era domingo…

Pradera de Ordesa

Para nuestra ruta de la Faja de las Flores, elegimos subir por el Circo de Carriata, por lo que hay volver un trecho por donde hemos venido con el bus y torcer hacia el norte. El sendero penetra en el bosque, que al principio es de pinos y boj, y de escasa pendiente. Pero enseguida empieza a empinarse, y aquí y allá van apareciendo las caducifolias. 


Avanzamos a buen paso, admirando la belleza del sendero. Tras una hora de duro ascenso, el bosque se va abriendo, y nos permite ver el arco de piedra que se abre frente al Valle de Ordesa, y que forma el Circo de Carriata. Destaca al oeste el Tozal de Mayo, un espolón de piedra caliza que se alza orgulloso hacia el cielo, frente a nosotros paredes verticales de piedra y canchales con matorral a sus pies, al este la Punta Gallinero. 

Tozal de Mayo y Circo de Carriata
Cruzamos el hilo de agua que atraviesa el Barranco de Salarons y continuamos el zigzagueo ascendente. A la derecha sale una variante hacia la Faja Racón, un balcón intermedio que se asoma también a Ordesa, desde las alturas, pero nosotros vamos al ático.

Circo de Carriata hacia el paso de Clavijas, al fondo

La ruta debía salvar un último desnivel para llegar a coronar el circo, y había dos alternativas, dar un rodeo más largo por una fajeta o una trepa más directa por las Clavijas de Carriata. Fuimos por éstas últimas, un par de tramos de trepada bastante verticales, pero que al estar equipados con clavijas, superamos sin demasiadas dificultades. En este punto la fisionomía del paisaje ha cambiado por completo, apenas hay vegetación, hemos ascendido más de 1100 metros, para alcanzar los 2400, la austeridad alpina contrasta con la exuberancia del valle. Estábamos en la parte superior del circo, justo debajo de La Faja de las Flores. Para acceder a ésta aún tuvimos que subir algunas decenas de metros más y pasar por detrás de un saliente rocoso.

Circo de Carriata, una vez pasadas las clavijas.

Circo de Carriata, una vez pasadas las clavijas.


Fin del Circo de Carriata y comienzo de la Faja de las Flores

Enseguida nos encontramos con el sendero que se encarama en dicho saliente, y se dirige al borde del circo hacia el inicio del famoso sendero. La Faja de las Flores resulta ser un recorrido que la naturaleza ha labrado en lo alto del Valle de Ordesa. La erosión ha socavado un estrato rocoso más blando que los adyacentes, y ha creado un espacio por el que progresar bordeando el acantilado. Habíamos oído que era una ruta muy aérea y la verdad es que los comentarios se quedan cortos. Es totalmente vertiginosa, ya que en algunos puntos el precipicio queda a pocos centímetros del sendero y la sensación de riesgo es elevada. Sobre todo cuando adelantas la vista y ves por donde debes discurrir. No obstante, hay que reconocer que una vez que comienzas a caminar, la sensación de inseguridad va desvaneciéndose, es un sendero muy pisado y más amplio de lo que parece en principio.




Avanzamos entre cascotes y derrubios, disfrutando de las impresionantes vistas del valle. El  Río Arazas serpentea unos mil metros allá abajo. Las laderas de Ordesa lucen impresionantes, con todo el esplendor del otoño. La Faja discurre por la parte alta de los farallones calizos de Ordesa, retorciéndose durante más de 3 kilómentros. De repente, tras torcer uno de los varios recodos, el sendero vira al norte y las vistas se abren hacia el Circo de Cotatuero.

Circo de Cotatuero

Una nueva gradería circular de roca se abre ante nosotros, labrada por la Cascada de Cotatuero que socava el terreno. El paisaje se amplifica, y ahora podemos ver el horizonte que antes nos tapaba la propia Faja, dejando a la vista las reconocibles siluetas del Taillón, la Brecha de Roldán y las tres Sorores (Cilindro, Pico Añisclo y el Monte Perdido, todos nevados).


Cilindro de Marboré, Monte Perdido y Pico Añisclo

Monte Perdido

El camino nos lleva hacia la propia cascada, destrepando por un penoso y largo canchal, pero avanzamos rápido y pronto estamos a los pies del arroyo. Numerosos saltos y pequeñas pozas se van sucediendo hasta derramarse en un gran salto de decenas de metros hacia la pradera. 








Nuestro camino va unido al del agua, y bajamos por unos escalones de roca junto al cauce, que tuercen hacia una repisa de piedra de escasa anchura. La repisa se acaba y comienza la pared vertical, estamos ante el famoso paso de las Clavijas de Cotatuero.  Se trata de una sucesión de clavos  para pies y manos sujetos a la pared rocosa, que instalados durante unos  70 metros (en total), hacen posible el descenso por este tramo tan vertical. Al parecer las instalaron dos herreros de Torla en 1881 a petición de un cazador inglés, que por lo visto, quería ahorrar tiempo en el ascenso al los prados de Cotatuero, para rentabilizar la caza. Se cuenta que el cazador nunca llegó a usarlas, pero sin duda los senderistas pirenaicos le agradecemos profundamente su encargo.

No había vuelta atrás, debíamos atravesar la famosa vía ferrata para concluir la ruta. Empezó Juan, que tenía más experiencia que yo con el arnés y los disipadores y enseguida terminó el primer tramo. Descendiendo, se empieza por  el sector más expuesto, en el que debemos apoyar los pies en las vetustas clavijas. Para las manos hay unas clavijas más pequeñas y un cable de seguridad para los disipadores.

A continuación pasé yo, con más vergüenza torera que convencimiento, la verdad sea dicha… Pero lo cierto es que una vez que empiezas a cruzar, te centras en el ritual de traslado de los ganchos y apenas te fijas en la verticalidad del tramo. En un momento estaba en la primera repisa y comenzaba el segundo tramo. Aquí pisas menos clavijas y más roca, la adherencia es muy buena y lo hacemos con rapidez y limpieza, hasta se podría decir que disfrutando del momento (… tampoco te pases!). Finalizado el tramo horizontal, se acaba el cable de seguridad y llegamos a otra repisa más amplia que permite que nos guardemos los disipadores para afrontar el último tramo de clavijas, esta vez sin cable de seguridad. Pero tampoco hace falta, se trata de un destrepe por una chimenea de roca de unos siete metros. Es bastante sencillo, con puntos muy claros donde apoyar pies y manos, pero suele estar mojado porque el agua gotea desde arriba (no olvidemos que estamos junto a la cascada que ruge cerca), así que la presencia de clavijas, también aquí, está justificada. Realizamos el destrepe sin mayores problemas, nos quitamos los arneses y una buena ración de tensión de encima, hemos cruzado el mítico paso.

Bebemos y comemos algo y charlamos con unos amiguetes maños con los que compartimos descenso. Enseguida nos ponemos en marcha, seguimos destrepando un trecho más, aunque con mucha menos verticalidad y riesgo que antes, y enseguida llegamos al pie del bosque. Al principio es un bosquete despejado de pinos, que nos permite ver el valle al fondo y el camino por donde discurre el agua de la cascada hacia la pradera. 


Pronto el bosque se va cerrando y da paso a las caducifolias que tapizan de nuevo el suelo. Progresamos despacio, entre el cansancio y las ganas de disfrutar del tramo de espesura. Vemos algunos sarrios (Rupicapra pyrenaica) entre la fronda, y alguno más confiado se deja fotografiar. En un recodo del camino nos acercamos al torrente de aguas bravas que aquí se remansan, decidimos parar a remojarnos los pies. Nuestro límite de tolerancia al agua helada de octubre es de 10 segundos, así que tras el “baño reparador” continuamos hacia la pradera. Llegamos a ésta unas 7 horas después del haber iniciado el círculo. Satisfechos tras una ruta memorable.


Sarrio (Rupicapra pyrenaica)




Pradera de Ordesa

 
Vídeo resumen de la ruta.

Torla

Por la tarde-noche, damos una vuelta nocturna por Torla. A pesar de haber estado varias veces, sabemos poco de este pueblo y aprovechamos para descubrir algo de su historia. Al parecer el nombre proviene de las torres defensivas que tenía el pueblo, y de las que hoy solo prevalece una. Al estar en un paso fronterizo, estaba frecuentemente expuesto a ataques franceses y en el pasado estuvo totalmente fortificada. Junto a la Torre, y sobre la peña en la que se asienta el pueblo, quedan también los restos de un castillo que hoy es museo etnológico.

Torla. Torre y Museo etnológico a la derecha.



Bosque de la Pardina del Señor

El día siguiente para  “estirar las piernas” tras el palizón fajero (fueron unos 2300 metros de desnivel acumulado…). Decidimos darnos una vuelta por el Bosque de la Pardina del Señor, en la cercana localidad de Fanlo. El sendero sigue un tramo del GR-15 entre Fanlo y Buesa, comenzando en la carretera HU-631 y desciende unos doscientos metros hasta el Barranco del Chate. 


Bosque de la Pardina del Señor

Barranco del Chate

El bosque está espectacular en esta época, mostrando todo su potencial cromático. Nos cruzamos con arces, hayas, fresnos, robles, serbales, tilos, castaños y álamos ya cerca del barranco. Yo decido quedarme en el barranco a echar un vistazo por el cauce y encuentro varias ranas pirenaicas (Rana pyernaica) especie que hasta ahora se me había resistido en visitas previas, y un tritón pirenaico (Calotriton asper) buscando comida en una pequeña poza.

Tritón pirenaico (Calotriton asper)

Rana pirenaica (Rana pyrenaica)
Juan siguió el sendero hasta llegar a otro barranco (Barranco d’Ixos) y las ruinas de la Pardina Ballarín o Pardina del Señor, donde se dio la vuelta y regresamos.

Pardina del Señor


Broto

De vuelta al alojamiento, paramos en Broto para contemplar la Cascada de Sorrosal. Un magnífico salto de agua muy cerca de la localidad que tampoco conocía. Resultó ser un rincón muy pintoresco, con una geología muy interesante. En las abruptas paredes de la cascada había instalada una vía ferrata, pero yo ya había tenido bastante, quizá para otra ocasión…

Cascada de Sorrosal
De camino a la comida en Buesa, paramos de nuevo en Broto y echamos un vistazo a su sobrecogedora Torre de la Carcel. Esa tarde daban lluvia y se cumplió, así que volvimos y  nos pusimos a cubierto, justo a tiempo…

Torre de la Cárcel. Broto

Ordesa por Turieto Bajo

Al día siguiente retornábamos para Alicante, pero decidimos aprovechar la mañana con otra ruta de las que Juan considera “light” y que a mí no me lo pareció tanto (sobre todo por la inactividad previa y por la carga acumulada..). Hicimos el camino antiguo de Ordesa, yendo desde Torla hasta la Pradera por la Selva de Turieto. La verdad es que es una ruta preciosa, que sube de forma suave pero continua hasta un desnivel de unos 400 metros.

Comenzamos a las afueras de Torla, a la altura del Barranco Repetruso y desde ahí bajamos hasta el Puente de la Glera. Nada más cruzarlo, tomamos a la izquierda el sendero de Turieto, que ya no dejaremos hasta la Pradera. El camino va paralelo al Ara, sumando cota y dejando el río allá abajo. El sendero va hacia el norte, hasta que gira bruscamente al oeste buscando Ordesa, a esa altura el Arazas se une al Ara, dejando el puente de los Navarros unos metros aguas arriba.

Puente de la Glera, Torla


El trasiego de autobuses que suben a Ordesa es menor que en días anteriores y la carretera está desierta. Nada más cambiar el valle del Ara por el del Arazas, nos encontramos con la Cascada del Molinieto, que se ve muy profunda muchos metros por debajo del sendero. Más adelante el camino desciende y sí podemos acercarnos a otros saltos de agua, como el de Tamborrotera y Abetos.

Cascada de los Abetos

Por fin el sendero se suaviza y caminamos cómodamente junto al río sobre un manto de hojas. Llegamos primero al puente del monumento a Lucien Briet (benefactor  y propulsor del Parque Nacional de Ordesa) y por fin el Puente de las Fuentes, antesala de la Pradera y por tanto de Ordesa.

Puente del monumento a Lucien Briet

Tozal de Mayo, Circo de Carriata y Punta Gallinero desde Turieto.

Puente de la Fuentes

Río Arazas bajo el Puente de las Fuentes. Antesala de Ordesa.

Aquí nos damos media vuelta para desandar lo andado. A la vuelta decidimos variar y cogemos el desvío al Puente de los Navarros, el sendero desciende hasta el Arazas que se salva atravesando el puente homónimo. Desde ahí una pequeña subida hasta al Puente de los Navarros (el nuevo y el viejo, en ruinas),  y truena el Ara, que fluye por debajo procedente de Bujaruelo. Desde ahí un pequeño paseo hasta el coche, después las inevitables 6 horas que nos separan del desierto alicantino.

Puente Arazas sobre el Río Homónimo.

Puente de los Navarros. Viejo y Nuevo.

Conclusión: es bonito ver Pirineos fuera del verano, mejor evitar los puentes y festivos en Ordesa, los vegetarianos lo tienen crudo por el Sobrarbe, los años pesan (pero las viejas artroscopias resisten), no es lo mismo conocer el camino que andar el camino….

Gracias Juan! Necesitaba esto…!